viernes, 9 de julio de 2010

Niña enferma, princesita y subversiva

Camino es una cosa rara, rarísima. Por empezar fue dirigida por Javier Fesser, un español cuyos largometrajes y cortometrajes le dieron el sello de un cineasta creador de comedias demenciales. Este hombre, que venía de filmar películas como la irregular pero interesante (y por momentos brillante) El Milagro de P. Tinto, con sus extraterrestres enanos, y sus afiches en inglés mal escritos, y esa obra mediocre, cuya única idea de humor era repetir un mismo (mal) chiste hasta lo insufrible que es La gran aventura de Mortadelo y Filemón, se propuso un día contar la historia real de Camino, una nena de doce años que tuvo un cáncer terminal y a la que el Opus Dei aún hoy trata de canonizar debido a su supuesta fe inquebrantable en Jesús.
Sin embargo, Fesser decide adaptar a su modo esta historia y propone que cuando esta niña Camino hablaba de Jesús en sus últimos meses de vida, no se estaba refiriendo al Mesías cristiano, sino que en realidad estaba hablando de un niño de su edad llamado Jesús, del cual ella se encontraba enamorada. El problema de las personas religiosas que rodeaban a Camino era que se encontraban tan enceguecidas por su fe religiosa y con su necesidad de ver en esta niña una santa precoz, que nunca se dieron cuenta de quien era la persona de quien realmente estaba hablando la nena.
Ante semejante argumento luego dos comedias disparatadas, uno podría llegar a pensar que Fesser decidió (como alguna vez decidió Amenábar cuando hizo Mar Adentro luego de hacer films de terror y fantasía por ejemplo), prestigiar su carrera con un drama de "hondo valor humano" luego de hacer films más ligados a géneros de escasa importancia en el sentido más snob del término. Normalmente este tipo de films "de grandes temas" se sienten cínicos, calculados y representan en general lo peor en la filmografía de un director.
Sin embargo, para sorpresa de todos, Camino no resulta la peor película de Fesser. Es más, resulta la mejor película de Fesser. Y es más, resulta asombrosamente algo que Fesser nunca parecía capaz de lograr: una obra maestra hecha y derecha que se mantiene, aún con su tema sórdido, fiel a un estilo personal que el director refina en esta película hasta niveles impensados.
Por empezar, Camino conserva de la obra anterior de Fesser el gusto por el color blanco. En este caso el blanco de los espacios en los que transcurre la película (un hospital bastante más ordenado que el de Carancho) como el blanco de los rostros fuertemente iluminados para eliminar, hasta donde se pueda, cualquier sombra. Este tipo de iluminación, sumado a una preferencia por planos detalles de los rostros y las expresiones de los personajes, son los que le dan a las criaturas que habitan las película de Fesser en general y a Camino en particular una cualidad plástica de fantasía (una utilización similar de la luz frontal y violenta y el color blanco furioso sería utilizada también por Polanski en El Escritor Oculto, esta vez para darle a la película un aire de pesadilla). También hay dos características claves que unen Camino con el resto de la filmografía de Fesser, en primer lugar un gusto por los personajes ingenuos, ignorantes del mundo en que los rodea y en segundo lugar un amor incondicional por los chistes herejes. Pero también hay otro gusto fesseriano en Camino que el director aquí lleva a su mayor nivel de riesgo: el placer por lo abrupto. El cine de Fesser se ha caracterizado siempre por querer mostrarnos una situación impredecible, situación que, muchas veces, implica una muerte sinsentido, inesperada y ridícula (ver, por ejemplo, lo que pasa con "el chico del milagro" en el trailer de El Milagro de P.Tinto que les muestro acá abajo).



En Camino dicha muerte se produce llegando hacia el final de la película y resulta no solo fuertemente inesperada dentro de la trama, sino también impactante por el modo en que la misma es filmada. Allí, un choque de un auto es violentamente atropellado por un camión matando de manera brutal a su conductor. Dicho impacto es tomado desde un plano general que contempla de manera seca y cruel como el camión destroza el auto. Lo curioso de este choque, sin embargo, es que por su forma de ser filmado, pareciera tratarse de un gag de un corto de animación. Es un momento clave de la película no tanto por la relevancia dramática de la misma (de hecho, si se piensa, la película no cambiaría en nada si esta muerte fuera escatimada), sino porque allí se revelan dos espíritus importantes en la película.
Uno es un espíritu raramente humorístico y de comedia macabra. Si hay algo de raro en Camino, por ejemplo, es que por momentos llega un clima cómico a través de la repetición sistemática de una situación terrible determinada. Uno de los aspectos más claros de esto tiene que ver con la exposición constante de las ideas del sacerdote del Opus Dei y de otros religiosos de la película de que todo dolor terreno es signo de una prueba divina y que debería ser recibido como un hermoso regalo. Este discurso se da inmediatamente después de que se muestra alguna nueva desgracia -que en las películas son muchísimas y consisten mayormente en algún nuevo deterioro físico de la protagonista-.
En un principio, estos discursos religiosos regodeados en el dolor y que exigen a los padres de Camino lo agradecidos que deberían estar por la bendición del sufrimiento provocan desesperación y por momentos hasta furia. Sin embargo, la sistemática repetición de estos discursos hace que, en un momento del film, estas mismas ideas, mostradas de forma inmediatamente posterior a algún nuevo y horrendo síntoma de Camino o ante una nueva horrenda desgracia, empiezan a develarse como tan absurdos y ridículos, tan testarudos en su insistencia que terminan por encontrar una rara comicidad.
Algo similar sucede con la sistemática confusión entre el Jesus Mesías y el Jesús chico. Cuando se revela por primera vez que la gente que rodea a Camino está confundida, esta confusión genera desesperación y angustia. Sin embargo, con el correr del metraje, cuando ya se sabe que no será posible que los religiosos que rodean a Camino se den cuenta que el Jesús del que habla la chica es un chico de su edad, este error empieza a tener (en especial llegando hacia el final) connotaciones puramente humorísticas.
Esta comicidad poco convencional, en el que lo cómico no nace de un remate inesperado y sorprendente sino que se va gestando a base de una repetición permanente es de una sofisticación extrema. Es una forma de mecanismo cómico que, además, podrá verse en pocas semanas en las salas argentinas en la excelente Police Adjective, en el que la mostración monótona de una burocracia interminable y un sistema legal ridículo empieza a causar extrañamiento para terminar volviéndose cómico.
Pero volvamos al choque que comentaba con anterioridad y que se veía filmado, justamente, como un gag de dibujo animado. Porque en esta decisión visual está también evidenciada la clara influencia del cine de animación en el cine de Fesser.
Como bien me señaló en algún momento el especialista en este tema Leonardo Despósito, Fesser ha tomado a un integrante diferente de los miembros de la "tríada sagrada" del cine de animación para cada uno de sus tres largometrajes.
Si en El Milagro de P.Tinto fue Chuck Jones el que le sirvió al director para contar la historia de personajes que tratan de ir en contra de su naturaleza, si en La gran aventura de Mortadelo y Filemón la inspiración fue la estética de Tex Avery para encarar criaturas que trataban de generar un distanciamiento rabioso con el espectador, en su última película Fesser toma más que nada el universo de Walt Disney para contar ni más ni menos que un cuento de hadas en el que Camino termina (acaso en su imaginación, acaso en un paraíso pagano -ver sino y curiosamente los diablitos de fondo pintados que se ven pintados mientras Camino sueña con ser la protagonista de la obra de teatro-) transformándose en una princesa.



Y desde este lugar, Fesser construye una reflexión sobre el cuento de hadas. Porque si hay algo que da cuenta Camino, es que si las lecturas del cristianismo del Opus Dei (y de otros representantes de la religión católica) incluyen la idea de un regodeo en el dolor físico, la creencia en una imposibilidad de llegar a un felicidad terrena y la exaltación de la castidad como sinónimo de pureza, el cuento de hadas, con sus relatos de príncipes y princesas que llegan a una felicidad posible a partir de la formación de una pareja idílica, resulta lo más antitético al Opus Dei que puede existir y de esta manera no hay instrumento más potente para subvertir estas lecturas del catolicismo que los cuentos de príncipes y princesas que conocemos desde chicos.
No obstante, y acá es donde viene otro de los razgos interesantes de Camino, la posición de la película no va necesariamente en contra de lo religioso. Muy por el contrario, Camino exuda de un espíritu místico. En este film hay, como en muchos relatos bíbicos, sueños premonitorios, actos de fe, infiernos y paraísos. Aún cuando todo esto se oponga de manera evidente a la religión católica esto no implica que Fesser utilice todo su mundo mágico de manera puramente paródica o con intenciones pura y exclusivamente blasfemas. Si hay algo que se nota en Camino es un deseo genuino por parte del director por darle a su protagonista un destino paradisíaco y mágico frente a todo su sufrimiento. También hay, incluso, un contraste muy fuerte y violento entre la manera cruel en la que Fesser filma el dolor físico (planos detalle de agujas penetrando el cuerpo de la protagonista, heridas, cortes, síntomas de enfermedades) y los mundos mágicos que propone el film.
Hay, incluso, en esta forma terrible en la que el director filma el mundo real, un horror genuino por lo arbitrario de las desgracias humanas y un deseo de darle a todo ese sufrimiento y sinsentido una compensación, aunque sea al menos mediante el uso de lo fantástico.
Por eso Fesser no se burla tanto de los religiosos de la película como uno podría llegar a pensar. En verdad no hay demasiada diferencia entre el deseo del director de construirse un mundo de cuento de hadas que le de sentido al dolor de la tierra y el deseo de los religiosos de Camino de que el sufrimiento de la vida diaria termine teniendo un lugar en un cielo eterno.
Por esto el plano final, en el que en una grabación casera vemos al padre de Camino enfocando un sillón para ver si está Dios, puede verse como una unión de un mismo deseo (el del director y el de los católicos del film) de encontrar a Dios en algún lado, aunque sea en un sillón de la sala de un hospital, esperando que finalmente le entregue a las almas nobles y castigadas por enfermedades impiadosas una compensación por tanta horrorosa arbitrariedad. Ese plano final es uno de esos momentos perfectos que el cine logra entregar cada tanto, un instante impactante en su sutileza, conmovedora en su honestidad e inolvidable en su desesperación.

1 comentario: